I-
la ciudad se extiende a pocos metros
una escasa visión tras las persianas
un follaje desteñido
en una tarde de humo y niebla
mientras, nuestros cuerpos se entregan
a un fecundo ocio de pieles
tal vez por el amor
sin duda por lo inevitable de vivir
a sabiendas de que siempre nos faltan primaveras
y nos sobran otoños para construir
inviernos perdurables
en definitiva,
con una realidad de crustáceo escapando por la arena
en busca de otra ola
al encuentro de otra red
II
palabras, gestos
producen dividendos en mis plantas y en las yemas de mis dedos
tal la quietud en que se nutren y el movimiento que alimentan
puede ser la anatomía de las horas una cálida piel que las prolongue
o un esqueleto articulado el que se derrame en polvo a su contacto
palabra, gesto
qué otra cosa
III
siempre hay un cuervo acechando los ojos y las oscuras fauces del caimán a la orilla de cada amanecer
escorpiones bajo las piedras del camino
y una pantera contraída en la rama del árbol bajo el cual se descansa del agobio del sol
y el hombre insiste, insiste
acaso distraído o peor aún, inocente
insiste
incapaz de decidir una nada rotunda
IV
el bosque surge, mar de materia que envuelve mis huesos
rumor de alas en mi cuerpo desnudo
el ritmo de sol y clorofila el corazón del árbol mueve
una hoja suspendida por quien sabe qué prodigio
se balancea, tic tac
soy
la hoja desprendida cayendo sin caer
en la cabaña
la madera crepita metamorfosis de oxigeno
el humo escapa, fuego subvertido,
sombra del árbol: nube agua aire nada
cantando desde el fuego en la cabaña del hombre
V
camine despacio mirando la punta de mis pies
camine despacio mirando la punta de mis pies
puse la llave en la cerradura, la mano en el picaporte
y entre
camine despacio mirando la punta de mis pies
puse el bolso en mi silla
mi abrigo en la percha
y me acosté
puse mi cara en la almohada
mis manos bajo ella
y lloré
y vos
caminado despacio
mirando la punta de tus pies
te fuiste
y se acabó
VI
detuve todos los embates, acallé todas las voces
protegiendo los reductos del tiempo
(llamaradas de palabras ascendían por mis piernas)
embocé risas resguardando los labios dibujados
encadené las marionetas de mis manos
inventaste horas y vientos para enarbolar caricias
yo quedé detenida en la vereda cauta de las dudas y las agorerías
has cumplimentado mi pedido
las finitas horas, la quietud de la atmósfera.
VII
para que pensar que es tarde y llovizna
a mi lado estan los libros, las carpetas, mi trabajo
para que pensar que es tarde y llovizna
que estás lejos, que pensás
y mirar por la ventana y ver la niebla fria que rodeará tu casa
a mi lado están los muebles, la luz, el fuego
el reloj que me despertará mañana
para qué pensar que hoy caminamos en direcciones opuestas
es tarde, llovizna
VIII
No es posible aguardar en la ventana hasta ver la polvareda
de tu caballo violento
ser el huésped predilecto de la mansión oscura
acariciar a mi paso enredaderas que acechan la altura de los muros
observar la quietud de los cuadros en la galería
los sillones marcados con tu peso.
Abrir las pesadas puertas al roce susurrante del viento y volver
despaciosa entre pasillos vacíos a esa habitación que me asignaste
con las rosas rojas, los narcisos, los gruesos volúmenes que deletreamos juntos
Y vos, mientras,
en el amor, la tempestad, la guerra.
Y yo, mientras,
de almena en mirador
esperando tus victorias, tu cuerpo cargado de esencias, de besos, de voces extranjeras.
No es posible nutrirse de los sueños que dispersas por el suelo, excitado y distraído
sin saber para qué soledad mis manos los levantan
Y como te sé en la derrota, cansado, finito,
también tengo a veces un caballo violento

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